Abril 2005

Monthly Archive

Más allá de la leyenda

Posted by Avalón on 29 Abr 2005 | Tagged as: Artículos

por Belinda González

Mujeres Condenadas

¡Abrázame, hermana, abrázame hasta la muerte!
El púrpura de la hora ardiente está plagada de pinceladas de oro:
allí nadan los deseos inapagados,
éxtasis imposibles con suspiros con reproche.
El mármol late de deseo; la boca medio abierta,
hambrienta de la boca aún dormida, de la flor naciente:
allí donde nunca como hoy había engendrado sufrimientos
la tierna y ardiente canción que dice:
“Ah, por la gracia de la languidez y el incendio que devora el cuerpo,
sabed convertir crepúsculo que resplandece sobre la nieve.
Las tinieblas seguirán
al igual que el amor se despierta bajo la luz de la luna;
y que la flor, casta pasión, de pronto se abre y crece:
primero en el seno, después en la tumba.
¡Abrázame, hermana, abrázame hasta la muerte!

Tras estos versos, tras los de Balzac , Eva , Sócrates o El Pensador, se halló la pluma del que, para la historia es “La Bestia”, “El Ser Más Perverso Del Mundo”. ¿Qué hay pues de verdad tras la propaganda, el escándalo y el delito? ¿Realmente “La Bestia” que se nos ha pintado era tan feroz?

El tiempo nos trae la imagen de un ser oscuro y diabólico, cuya tenebrosa estela se remonta a las postrimerías del XIX, con la lectura del tratado de Karl von Eckartshausen The Cloud upon the Sanctuary , en el momento en que inicia su senda en el ocultismo. Nacido y educado en el seno de una estricta familia puritana, se fue forjando en él la personalidad transgresora que criticó la iglesia cristiana y la moral victoriana. El propio Crowley habla de su infancia en el prefacio de su libro The World’s Tragedy y en su autobiografía y lo hace, a menudo, describiéndose así mismo de una manera poco favorecedora, no solamente por su autocomplacencia, su victimismo o su creída superioridad sino en el modo en que rememora sus relaciones con los demás: compañeros y tutores que marcaron para bien o para mal aquella etapa de su vida. Según sus propias palabras, Edward Alexander Crowley había sido un niño malcriado y consentido que, a la edad de veintiún años, no estaba preparado para emplear la herencia paterna con prudencia. A la muerte de su padre, a los once años, su educación se repartió entre un largo peregrinaje de colegio en colegio y diversos tutores elegidos por su inflexible tío Tom, uno de los cuales, Archibald Douglas, sin embargo no resultó como esperaba e inició al joven Crowley en el juego, el alcohol, el tabaco y las mujeres. A los veinte años, entraba en Cambridge con la intención de estudiar la carrera diplomática.

Quiso escandalizar la autoridad establecida y llamar la atención publicando, en 1898, los sangrientos versos que se incluyen en Aceldama, A Place to Bury Strangers In. Quería causar la misma alarma en Cambridge que la que había conseguido Shelley con su The Necessity of Atheism. Luego, vendrían unos poemas pornográficos White Stains , pero tampoco surtieron el efecto deseado.

La magia empezó a cobrar importancia a partir de una extraña experiencia mística, ocurrida la noche del 31 de diciembre de 1896 y que le habría impulsado a emprender su particular búsqueda personal. Si bien Colin Wilson ha creído entender en la descripción de Crowley que en realidad esa noche habría tenido su primer encuentro homosexual; John Symonds, en cambio, en La gran Bestia —una biografía de Crowley escrita con cierto escepticismo en cuanto a los poderes mágicos del mismo— da crédito al hecho de que hubiera tenido la revelación de que podía controlar la realidad mediante el pensamiento mágico. En todo caso, al año siguiente, Crowley dice haber experimentado una “noche oscura del alma” que le hizo replantearse su actitud ante la vida. Crowley habría contemplado una de las cuatro verdades de Buda, la del reconocimiento del sufrimiento. El terreno estaba abonado para que determinadas lecturas dejaran una importante impronta en su persona y buscara su autoafirmación por senderos más espirituales. La recopilación de A. E. Waite, The Book of Black Magic and Pacts ; Kabbalah Unveiled de Knorr von Rosenroth, traducida por S. L. Mathers pero sobre todo The Cloud upon the Sanctuary de Karl von Eckartshausen suscitaron, además de obras sobre alquimia, su interés por entrar en una orden secreta y le llevaron a ingresar en organizaciones de diversa índole (la Iglesia Celta, los Legitimistas Españoles, etc) hasta que conoció al químico Julián Baker, que le presentó al hombre que le introduciría a la orden secreta de la “Golden Dawn”: George Cecil Jones.

Bajo el nombre de Frater Perdurabo ascendió rápidamente, pero la oposición de buena parte de la orden le hubiera impedido alcanzar el grado supremo de no ser por la ayuda de S. L. Mathers, uno de sus fundadores, que desde la logia de París lo había estado iniciando sin el acuerdo de todos los miembros. Para encrespar aún más los ánimos, Mathers trató de deslegitimar la logia de Londres para luego autorizar a Crowley a hacerse cargo de la casa principal de la orden, pero los miembros de ésta no lo permitieron. Durante esta época conoce a Yeats, al que le enseña su obra teatral Jepthah y en su templo de Chancery Lany y en Boleskine House Crowley solía practicar la magia de Abra-Melin el Mago, cuyos rituales habían sido traducidos por Mathers.

Se autoproclama “La Gran Bestia 666″, la personificación del Anticristo del Apocalipsis, pero no bastaba un nombre para sacudir la opinión pública y atraer hacia su persona las miradas: todos debían creérselo y se puso manos a la obra. Abrió su propia revista The Equinox , en la cual describía sus experiencias paranormales, se promocionaba y anunciaba el advenimiento del “Croweleyan Age”, era que se impondría tras la caída del cristianismo. En realidad era una publicación presentada en volúmenes de casi cuatrocientas páginas que se editaban, consecuentemente con el nombre, dos veces al año, en los equinoccios, y en los cuales se incluían poemas, obras teatrales y escritos mágicos. En el tercer volumen, Crowley publicó parte de los rituales de la orden de la Golden Dawn, provocando así la furia de Mathers que había tratado, infructuosamente, ante los tribunales de impedir dicha edición. En 1907, Crowley crea su propia orden secreta, la Astrum Argentinum cuya doctrina se fundamentada, por una parte, en la magia sexual, a través de la purificación orgiástica, posturas tántricas y de yoga y, por otra, en el uso de drogas como llave para cruzar las puertas que llevan a otros mundos, someter la conciencia moral y facilitar la posesión por parte de entidades sobrenaturales. El tratado que guiaba la senda de los adeptos era el Liber Legis , libro que, según Crowley, le fue dictado por su ángel guardián. Este texto se resumía en la frase “Haz lo que quieras”, lema inspirado en la novela Gargantúa de Rabelais, y la vía para acceder a la sabiduría era el abandono de sus miembros durante las orgías, miembros que habían jurado realizar la Gran Obra, la cual consistía en obtener el conocimiento y poderes del propio ser y descubrir la verdadera voluntad de cada uno.

En 1911, Crowley entraba en otra sociedad que, al igual que la suya, prometía conocer los secretos de la Naturaleza y el poder mediante la magia sexual: la Orden de los Templarios del Oriente (O.T.O.). Al año siguiente conocía a su máximo representante Theodore Reuss, que le autorizó a formar una rama inglesa de la organización. La magia sexual iba adquiriendo una importancia clave en la vida de Crowley que no se limitaba a los rituales sino que sintió la necesidad de llevar un diario de sus experiencias.

Tras pasar una larga estancia en Estados Unidos donde empezó a pintar y de donde volvió adicto a la cocaína y a la heroína, Crowley se instalaba en Sicilia, en la pequeña localidad portuaria de Cefalú para fundar su “Abadía de Thelema”, en un intento de emular la de Rabelais; sin embargo, la de Cefalú no era más que una villa decadente, que fue foco asimismo del comienzo de su caída. “La abadía” recibía constantemente visitantes que querían iniciarse a sus enseñanzas y constantes quejas también.

La necesidad de dinero le hizo regresar a Londres donde consiguió que su novela Diario de un drogadicto fuera editada, por primera vez, sin tener que desembolsar el mismo los costes de la publicación. Se trata de una historia, escrita en clave, protagonizada por un aviador retirado que consigue curarse de su adicción en la abadía de Thelema, que dirige un tal “King Lamus”. En ella aprovechaba para atacar viejos conocidos, magnificarse y autoalabarse. La crítica acogió favorablemente este trabajo y, al fin, Crowley conseguía cierto reconocimiento. Su editor, William Collins, no tardó en encargarle su autobiografía y una serie de cuentos policíacos protagonizados por un detective llamado Simon Iff. Asimismo, otro editor se puso en contacto con él para que realizara una traducción de La clave de los misterios de Eliphas Lévi. Sin embargo, la ola de buena suerte no podía durar y, de hecho, tocó a su fin a raíz de los continuos ataques del Sunday Express al propio Crowley y a su novela, recreándose en truculentas historias de orgías y depravaciones, todas ellas relatadas por algunos visitantes de la abadía de Thelema. Como consecuencia de esta mala prensa, Collins descatalogó el libro. La policía y la prensa tenían los ojos clavados en Cefalú y la política tomó cartas en el asunto. A finales de 1923, Crowley fue expulsado de Italia, y de sus tierras mediterráneas salía muy desmejorado.

Su salud iba empeorando cada vez más pero no dejó por ello de viajar. Mientras Crowley se retiraba a Túnez, otra publicación, la revista John Bull , se sumaba al Sunday Express afirmando incluso que había practicado el canibalismo en Cachemira y dándole los apodos que acompañarían desde entonces al personaje como una segunda piel; el más famoso de ellos es sin duda el de “el hombre más depravado del mundo”. Titulares sensacionalistas como “El rey de la depravación” y “Un hombre al que nos gustaría colgar” enterraron todas las pretensiones que él tuviera de que se le tomara en serio como pensador o poeta. Al fin había conseguido llamar la atención.

Mientras en Túnez, alejado de la quema pública, Crowley sufría las consecuencias de sus excesos con las drogas. Cuando se sintió con fuerzas suficientes, regresó a Paris. Subsistía con dinero prestado hasta que pudo contar con nuevos ingresos económicos al convertirse en el nuevo jefe de la OTO. Theodore Reuss había sufrido un ataque de apoplejía. En 1928, Israel Regardie entraba a trabajar para Crowley como secretario y dejaba tras él a una hermana preocupada que, a través del consulado, alarmó a la policía francesa sobre perniciosa influencia de Crowley. Tras investigar los incidentes en Cefalú, recibieron la orden de abandonar el país.

Por donde fuera le precedía la mala fama. En 1929, una pequeña imprenta, Mandrake Press, decide publicar sus Confesiones , su novela de brujería Moonchild , que escribiera en 1917, y La estratagema y otros cuentos. Pero no llegaron a venderse. Al año siguiente le prohibieron dar una charla en la Sociedad Poética de Oxford. En Berlín consiguió realizar alguna exposición de sus cuadros cuando en Inglaterra le fuera imposible. El viento en contra, decidió pleitear en los tribunales algunas calumnias y, como consecuencia de ello perdía, en 1934, cuanto tenía. Solamente la ayuda de algunos de amigos hizo posible que su precaria situación no fuera peor. Las drogas y la bronquitis crónica fueron tomando mayor protagonismo a medida que su brillante y glorioso aura perdía fuerza. A pesar de los achaques consiguió escribir el que sería su último volumen de poesía Olla y mantener una intensa correspondencia con discípulos suyos, correspondencia que sería publicada póstumamente por Kart Germen bajo el título Magick Without Tears . Crowley deambuló aún por diversos países hasta afincarse en Hastings, donde murió de insuficiencia cardiaca.

Tras la muerte de “La Bestia”, un rastro de rumores, denuncias y escándalos matrimoniales enturbia la biografía pero no la leyenda —puesto que esta se nutre de esta confusión—, del hombre que Colin Wilson calificara de “demonista con un paradójico deseo de ser santo”. Su forma de ser y de relacionarse con los demás le valió crearse a lo largo de toda su vida enemistades y rencores, lastrando los defectos, que manifestara ya de joven, hasta la madurez. Adoptó concientemente un modo de vida contraria a la comprensión de la sociedad de su época, nadando a contracorriente, provocando y mintiendo, adornando y creando un personaje que acabó por confundirse con la persona, haciendo difícil, por no decir imposible, discernir cuando hablaba en serio y cuando se divertía fantaseando, cuando era él mismo y cuando era quien pretendía ser.

Según el artículo de George Knowles, Aleister se emocionaba con las descripciones de sangre y tortura y fantaseaba con una “mujer escarlata” que lo abusaba, lo degradaba y lo sometía: malvada e independiente, era su dueña. Muchas fueron su “mujer escarlata” y acabaron todas sufriendo los mismos trastornos: el alcoholismo y la neurosis. Él mismo afirmó que las mujeres eran moral e intelectualmente seres inferiores, un animal más que sólo se comportaba bien si se le trataba con firmeza; sin embargo, constantemente, buscaba a una mujer escarlata, que fuera capaz de someterlo y humillarlo. El hombre se plegaba mientras la leyenda crecía.

La sangre, la tortura, la bestialidad, la necrofilia son temas recurrentes que, junto con el sexo, dominan su obra literaria. Crowley trató de escandalizar con su novela Copos de nieve del jardín del cura , escrita a modo del marqués de Sade, pero muchos otros de sus poemas fueron inspirados por mujeres que dijo amar, por la magia y por su deseo de viajar y ver mundo como en Los Argonautas o Jezebel . También le inspiró su pasión por el montañismo, cuando escalaba los Alpes o trataba de encumbrar varias cimas del Himalaya y la escultura cuando interpretó en versos las obras de Rodin. No todo eran sombras.

Tras la muerte de Aleister Crowley, solamente queda la impenetrable oscuridad de su leyenda. Muerto el poeta, grupos como The Beatles, Led Zeppelin, el cantante Ozzy Osbourne o incluso Mägo de Oz, con su canción Astaroth, han reflejado la fascinación que ese hombre o bestia ha improntado en la conciencia colectiva. Muchos conocen su leyenda, pocos recuerdan su Balzac :

Gigantesco,
oscurecido por los misterios del hierro,
embozado,
Balzac álzase y mira.

El desdén inmenso, el silencio egipcio, el poder del dolor,
la carcajada de Gargantúa, agitan o acallan la ígnea estatura del Maestro, vívida.
A lo lejos, aterrado, el aire ensordecedor estremece la piel.
En vano el Maestro de “La Comedia Humana” oscurece sus profundos ojos,
genio iluminado.


Epitalamios, canciones de cuna y epitafios
están escritos en el misterio de sus labios.
La triste sabiduría, la insolente ignominia y la agonía sublime
yacen en los pliegues mortuorios de la capa, escarpadas montañas:
y la piedad se oculta en el corazón.
El torvo saber estrecha a la humanidad esencial.
Balzac álzase, y ríe.

De “Rodin en verso”, Aleister Crowley
Traducido por Casanova, 1999.

Bibliografía :

  • Aleister Crowley, ” Rodin en verso “, Igitur, Barcelona, 1999.
  • Colin Wilson , “ Aleister Crowley, la naturaleza de la bestia ”, Urano, Barcelona, 1989.
  • John Symonds, “ La gran bestia.Vida de Aleister Crowley ”, Siruela
  • La perversité de la ‘Bête immonde “, en ” Les phénomènes inexpliqués “, Sélection du Reader’s Digest, Bruxelles, 1983.
  • Aleister Crowley ‘La Bestia’ “, en ” Enciclopedia de parapsicología y ciencias ocultas “, Salvat editores, Barcelona, 1994.
  • George Knowles, “ Aleister Crowley (1875-1974) ”, traducido por Luis M. Morelos A., en http://www.biblos.4t.com/ewtp/bio/aleister-bio.htm

Master & Commander

Posted by Avalón on 23 Abr 2005 | Tagged as: Temporada 1, Buendía, el friki feliz

Guerra de sexos (y 5)

Posted by Avalón on 20 Abr 2005 | Tagged as: Temporada 1, Buendía, el friki feliz

The Sandman Companion, de Hy Bender

Posted by Avalón on 10 Abr 2005 | Tagged as: Versión original

por Rodolfo Martínez
Hy Bender
The Sandman Companion
Titan Books, London, January 2000
ISBN: 1-84023-150-5

A primera vista parecemos estar ante una simple “guía de episodios” de Sandman, el cómic con el que Neil Gaiman consiguió que muchos lectores que, antes de leer un tebeo se habrían dejado arrancar un brazo, se convirtieran en adictos a sus historias gráficas.

Afortunadamente, el libro es mucho más que eso. Si bien está estructurado como una guía y comentario de los diez tomos en los que la DC recopiló los cómics originales, el libro tiene el aliciente añadido de incorporar una extensísima entrevista con el propio Gaiman donde este habla de su carrera como guionista, de las influencias que manejó en cada número de Sandman, de cómo eligió un dibujante u otro o cómo se planteó no sólo cada historia individual sino el arco argumental que atraviesa toda la serie. Añadamos a eso varios interesantes apéndices y una parte dedicada a comentar lo que hay “tras las bambalinas” del universo de Gaiman (no solo por él mismo, sino por algunos de sus colaboradores u amigos) y tenemos uno de los más completos trabajos sobre la obra principal del guionista inglés.

La parte central del libro está destinada, como dije, a comentar cada uno de los diez volúmenes en los que DC cómics decidió reeditar Sandman y donde agrupó, por un lado, las sagas de varios números y, por el otro, las historias autoconclusivas con las que Gaiman se daba un respiro a sí mismo (y a sus lectores) entre cada nuevo arco argumental. Esta parte se vertebra a su vez en otras tres: un resumen del argumento de cada volumen, un comentario sobre el mismo y, finalmente, y más interesante, una entrevista con Gaiman hablando del modo en que creó esas historias.

El libro está lleno de momentos interesantes, ocasionalmente divertidos y a veces frustrantes, como el comentario de Gaiman que no me resisto a reseñar a continuación. Estando en una fiesta y, mientras hablaba con el director de una página de reseñas literarias, éste le preguntó que cómo se ganaba la vida. Cuando Gaiman respondió que escribiendo cómics, el desinterés de su interlocutor fue más que evidente, aunque para ser cortés le preguntó qué cosas había escrito. Cuando el guionista termina su respuesta diciendo: “Y también hice eso llamado Sandman” la otra persona exclamó de repente: “‘Dios mío, sé quien es usted, usted es Neil Gaiman! ¡Pero vamos, hombre, usted no escribe cómics, usted escribe novelas gráficas!”. Gaiman termina de relatar su anécdota diciendo:

“Este director evidentemente había oído comentarios positivos sobre Sandman, pero estaba tan obsesionado con la idea de que los cómics son cosas de niños que no podía asimilar la idea de algo bueno proveniente de un comic-book. Necesitaba situar Sandman en una caja para poder hacerlo respetable”.

Lo sorprendente (o quizá no, a poco que uno conozca el género humano) es que la obra de Gaiman o de otros guionistas como su amigo Alan Moore (que revolucionó al menos dos veces el medio con su Watchmen y su From Hell y lo sacudió con fuerza con otra media docena de obras) no han conseguido que ese prejuicio desaparezca. No han vuelto el cómic respetable, o, para ser más exactos, no han conseguido que entre el gran público el cómic se identificara como una fórmula narrativa adulta y con cosas interesantes que decir. Sigue siendo “cosa de niños” y cuando surge un cómic que contradice ese prejuicio, la respuesta no es acabar con el prejuicio, sino considerar que eso no son “exactamente” cómics, sino algo que usa ese medio pero va más alla. Pensando en eso y comparándolo con la actitud de la “crítica respetable” ante la ciencia ficción literaria no puedo por menos que encontrar más de un paralelismo y de dos.

En cuanto al tema que ahora nos ocupa, y para recapitular, estamos ante un libro de referencia imprescindible para cualquier aficionado al buen cómic en general y a la obra de Gaiman en particular. Que, además, tiene el valor añadido de poder ser disfrutado tanto en el nivel de simple fan ansioso de cotilleos, como en el del lector interesado en ver cómo y de qué manera uno de sus autores favoritos se plantea y resuelve la creación de sus obras. Escrito de un modo ameno, y estructurado con mucho acierto, este Sandman Companion se lee casi sin esfuerzo y uno recorre sus páginas con verdadero deleite.

Lovecraft

Posted by Avalón on 09 Abr 2005 | Tagged as: Reseñas

por Iván Olmedo


Lovecraft

Hans Rodionoff
Keith Giffen
Enrique Breccia

Introducción de John Carpenter

Norma Editorial
(Colección Vértigo nº 261) Julio de 2004
ISBN: 84-96370-05-4
Traducción: Carles M. Miralles

Tú ya lo sabías, ¿verdad Howard? (¿cuántos Howard malditos habéis sido ya? He perdido la cuenta). Sabías, como parecías saber otras miles de cosas inexplicables, que esto acabaría sucediendo. Seguramente pensaste, de todas formas, que se trataba de otra de tus alucinaciones, y que no sería a este lado de la cortina del mundo donde acabaría por pasar. Pero lo ha hecho, yo estoy aquí para dar fe de ello, y me alegro por ti. O mejor, por tu leyenda. Puedo imaginar perfectamente cómo te tomarías con una mezcla de repulsión y halago todo esto. Cómo degustarías la vorágine que se desató tras tu paso por este lado del espejo. Decidiste abrir las tapas del libro infame y alimentarlo con ratas muertas y crías de pájaro. Te atreviste a descubrir párrafos enteros escritos con sangre y hollín, pensando que muchos lo tomarían por literatura pasada de rosca; unos pocos entreverían su significado y todos sentirían un terror de raíces profundas. Lo conseguiste, está claro. Aquel niño que se disfrazaba de árabe loco y jugaba con su propia sombra, sabía.

¿Qué fue antes, Howard? ¿La llegada del soggoth en la noche, apagando las estrellas, atravesando la ventana de tu habitación..? ¿O la revelación de tu padre, perdido en los desiertos de la locura, con los ojos enfermos, contaminados de espanto? Nunca fuiste muy claro respecto a esto, pero es lógico que te lo guardases para ti, que lo conservases como algo íntimo. Entonces, ¿por qué ese afán por trasladar al papel barato la atroz realidad? ¿Por qué has querido mostrarnos que somos humo y espejos, barro pobre, alimento de los dioses..? No te extrañe, Howard, que el escapista genial – endiosado como pocos – se riera de ti. No te sorprenda, Lovey, (perdón, sé que odias ese estúpido mote) que el orondo editor te reclamase más pieles femeninas descubiertas y menos adjetivos indescifrables. ¿En qué mundo vivías tú, viejo amigo? Tu abuelo no volvió al lado de ningún dios misericordioso, lo sabes. Osó hablar de Cthulhu y las estrellas lo engulleron. Algo tan fascinantemente sencillo y terrible como eso. Tú, después, también pronunciaste el nombre del que duerme en la eternidad. Y has pagado por tu fidelidad al viejo.

Pero todo esto lo conoces y te lo he dicho en otras ocasiones. Te escribo, antiguo compañero, para decirte que aquello que temías secretamente y en el fondo sabías que iba a pasar, ha pasado. Cierto que no es la primera vez, pero hacía eones que no me dirigía a ti, y qué mejor ocasión que ésta para hacerlo. Han tomado tu nombre (no en vano, esperemos) y han dado a la luz un libro que pretende recontar tus pasos sobre este mundo. Y otros…

Los locos poseen nombres propios. Son tres personas que habitan este mundo incapacitado para reflexionar acerca de lo que está frente a sus ojos. Pero esos tres… Rodionoff, un joven de rostro barbudo y larga cabellera que pretende haber tenido entre sus manos una copia del Necronomicón. Pero eso es imposible, como tú y yo sabemos. Rodionoff no puede haber leído una sola página de El Libro si mantiene la cordura. ¿Es otro de los muchos impostores que se han envenenado con tus sueños, Howard, y sólo anhela contaminar a otros? Todo parece indicarlo. En otro giro de tuerca del destino, el inconsciente joven ha logrado pervertir a dos hombres de provecho o, mejor dicho, los que alguna vez fueron dos hombres de provecho. Uno posee apellido sonoro: Enrique Breccia, ese loco que da a luz ilustraciones de extraños matices, se ha dejado embaucar y ha caído por el borde de la pesadilla. Con un talento surgido de no se qué abismo, este autodidacta sagaz ha dibujado una Providence espléndida y una Arkham fétida, vomitiva por momentos. Ahora vive a orillas del mar… ¡a unos pasos del Océano! Solo un demente abducido por tus ideas osaría impregnar sus dedos del color de lo Profundo, hallándose a tan escasa distancia del monstruoso hogar primigenio. Intuyo, amigo, que he encontrado la definitiva conexión entre la Patagonia y tus montañas de la locura. Era cierto; es asombroso. El otro desgraciado se apellida Giffen. Él es más la víctima propiciatoria, el sacrificio que los otros dos han dispuesto para el Gran Cthulhu, para su hambre eterna. Su rastro ha desaparecido. Sus fotos, sus correos electrónicos, sus huellas de poeta loco… Ni siquiera en Internet puede seguirse su pista. Él ha apoyado con su experiencia acumulada a los otros dos… ¡ay! Más le hubiera valido abundar en sus tebeos de superhombres fatuos y supermujeres descaradas… En lo más hondo de mi conocimiento sé que el pobre Giffen ha sido tragado por el Mal. Sin embargo este loco aún vive. Hace mucho que no le veo, Howard, así que no puedo asegurarte si su alma ha quedado pervertida para siempre o no, pero me temo lo peor. Rodionoff y Breccia encontraron un alma, un cuerpo, que ofrecer a las tinieblas, y de esa semilla terrible surgió el libro del que te hablo, antiguo amigo. Un precio demasiado caro.

Te hubiera gustado verte de nuevo disfrazado de sarraceno de tus mil y una noches solitarias; o defendiendo tu tesoro de los niños patanes del pueblo. Pero poco más, me temo. Estos tres locos de los que te he hablado han traído de vuelta las pesadillas, y algunas de las imágenes pérfidas que se muestran en las hojas de este libro podrían traerte malos recuerdos y desestabilizar tu sosiego. No oso culpar a Giffen de nada; intuyo que su destino ha de ser tan amargo que solo pronunciar su nombre me hiela el alma. Tan solo te remito, amigo, a la obra. Es acogedora y alucinante a un tiempo. Y, aunque pueda hacerte recordar cosas que no quieras recordar, es una muestra más de aquello que tú ya sabías que pasaría, ¿no es cierto? No te dejan dormir.

Sé que ha sido una corta misiva, sin comparación con lo acostumbrado, pero debo dejarte ya, Howard. Solo quiero decirte – como aquella vez en el faro, tú ya sabes – que es un extremado orgullo para mí que me consideres uno de tus pocos amigos. Porque ves colores que nadie ve y oyes susurros blasfemos entre las nubes negras del oriente. Porque has dejado huellas en el laberinto de cada cerebro humano. Porque no te rendiste nunca…

Recuerda esto: Rodionoff, Breccia y Giffen han unido sus apellidos al tuyo, Lovecraft. Han regalado sus espíritus a la oscuridad.

Remolcando a Jehová, de James Morrow

Posted by Avalón on 09 Abr 2005 | Tagged as: Reseñas

por Rodolfo Martínez

James Morrow
Remolcando a Jehová (Towing Jehovah)

Norma editorial,
Brainstorming 8.
Barcelona, mayo 2001.

ISBN: 84-8431-322-0
Traducción de Olinda Cordukes

Lo primero que uno piensa al leer el texto de contraportada de esta novela es que estamos ante una parodia. Véanse si no las premisas: Dios ha muerto, y su cuerpo (de tres kilómetros de largo) flota en el Atlántico. Los ángeles se están muriendo por empatía hacia su creador, pero antes de fallecer vacían un iceberg para conservar el cuerpo de Dios dentro de él y hablan con el Papa para que el Vaticano contrate un barco que remolque el cadáver hasta el Polo Norte.

Absurdo, ¿verdad? Y pese a todo, Morrow decide tomarse su descabellada premisa totalmente en serio y construir una novela que, tan pronto se decanta por el thriller más clásico (¿lograrán remolcar el cadáver de Dios antes de que todos aquellos que desean destruirlo lo encuentren? ¿por qué Dios se ha suicidado?) como navega por las peligrosas aguas de la narrativa metafísica.

El autor tiene éxito en el primero de sus propósitos: la trama está bien construida, es narrada de forma ágil y en ella se encuadran una serie de personajes lo suficientemente bien construidos como para que sus enfrentamientos dialécticos y sus dudas morales nos resulten interesantes y nos hagan continuar la lectura. En cuanto al segundo es difícil de decir: esboza los suficientes temas para invitar a la reflexión, pero no ahonda demasiado en ellos.

Esto no tiene por qué ser malo, siempre que acabada la lectura el autor haya sabido plantear las cosas de modo que uno no pueda evitar la reflexión sobre ellas. Desgraciadamente no es el caso y, una vez cerrado el libro, uno se queda con la impresión de que ha leído una de las cosas más descabelladas de los últimos años (y la sombra de Philip K. Dick planea varias veces por el texto) pero más allá de una extraña sensación de perplejidad no siente el menor deseo de explorar mentalmente lo que ha leído.

Pese a todo no estamos ante una mala novela y Morrow nunca ahoga la narración con las reflexiones de sus personajes, sino que permiten que estas estén al servicio de lo que nos cuenta. La trama se va deslizando de un modo fluido y sin grandes alardes y uno va pasando páginas casi sin darse cuenta de que lo hace. Por si fuera poco, es capaz de conjurar imágenes verdaderamente absurdas y hasta cercanas al ridículo (esa extraña comunión que la tripulación del barco hace para no morirse de hambre, comiendo partes del cuerpo muerto de Dios y transformándolas, por obra y gracia de la habilidad del cocinero, en facsímiles indistinguibles de la más selecta “comida basura”; ese grupo de chalados que se dedican a recrear -casi en escala 1:1- las más importantes batallas de la Segunda Guerra Mundial; las feministas enfurecidas al descubrir que Dios es macho y dispuestas a destruir el cuerpo para que eso jamás se sepa; los ángeles perdiendo las plumas y volviéndose insustanciales ante los ojos atónitos del médico del Vaticano…) y hacer que resulten creíbles en el contexto de la novela, lo que no es poco.

Estamos, pues, ante una novela entretenida y bien construida, que juega con algunos conceptos realmente inquietantes (y poco importa que uno sea creyente o ateo para el caso) y sabe salir con habilidad y sin grandes estridencias de un atolladero narrativo realmente curioso.

Antes de acabar, un pequeño comentario sobre la traducción. Como no podía ser menos en una novela así, uno de los personajes es un sacerdote jesuita (y habría que preguntarse por la manía de los anglosajones de usar jesuitas cada vez que quieren hacer aparecer a un “cura progre” en sus novelas) y perteneciente, por tanto, a la Compañía de Jesús, que no “Sociedad de Jesús” como se empeña en decirnos una y otra vez la traductora.

Ubik, de Philipp K. Dick

Posted by Avalón on 09 Abr 2005 | Tagged as: Reseñas

por Rodolfo Martínez

Philip K. Dick
Ubik (Ubik)

La Factoría de Ideas,
Solaris Ficción 3.
Madrid, mayo 2000

ISBN: 84-8421-979-8
Traducción de Manuel Espín (revisada por David Alabort)

En vida Dick no tuvo demasiada suerte, ni a nivel personal ni profesional. Sus relaciones sentimentales parecían una y otra vez abocadas al caos y sus libros se publicaban en ediciones baratas y nunca fueron un éxito de ventas. Eso no le impidió seguir escribiendo (quizá porque no podía, quizá porque escribir era para él la más adictiva de las drogas) e ir creando a frenéticos golpes de teclado una de las obras más personales de este siglo. Con el tiempo sus admiradores, si bien nunca fueron legión, sí formaron un núcleo fiel que le convertiría en un autor de culto; y a su lado se aglutinarían una serie de jóvenes autores de los que saldrían algunas de las más interesantes obras de los años ochenta: basta mencionar a Tim Powers, James P. Blaylock o K. W. Jeter, que crecieron a la sombra literaria del autor de Berkley y que heredarían algunas de sus preocupaciones narrativas. Si bien Powers es, por derecho propio, uno de los mejores diseñadores de tramas y uno de los escritores que mejor saben atar los cabos sueltos narrativos de forma natural y fluida, no cabe duda de que la combinación de ritmo de carrusel e introspección desenfrenada que hay en casi toda su obra es deudora en buena medida de la influencia de Dick.

Con una ironía que es probable que él mismo hubiera encontrado adecuada, murió en su mejor momento, cuando empezaba a crear sus obras más maduras, donde mejor y más despiadadamente hablaba de sí mismo, y comenzaba a tener algo del éxito que se le había negado hasta entonces. Desde su muerte su fama ha ido creciendo al igual que su prestigio; quizá de una forma un tanto desmesurada en ocasiones, pero no cabe duda que la obra de Dick es una de las más personales de este siglo y que resulta difícil encontrar, no ya dentro de la ciencia ficción sino incluso en la literatura general, un escritor que haya sabido transmitir tan bien sus obsesiones personales y les haya dado forma literaria de un modo más enloquecido.

En los últimos años Hollywood se ha fijado en Dick (ya empezó poco antes de su muerte con el Blade Runner de Ridiley Scott que adaptaba su novela ¿Sueñan los androides con ojeas eléctricas?) y algunas de las más emblemáticas películas del género en las dos últimas décadas están basadas en relatos suyos (o beben en su obra sin reconocerlo explícitamente, como es el caso del Terminator de James Cameron). Aunque hemos de admitir que el cine se ha quedado con lo menos característico de Dick: poco queda de ¿Sueñan los androides…? en Blade Runner, y salvo un par de secuencias que son puro Dick, apenas pervive rastro alguno de “Podemos recordarlo todo por usted” en Desafío total. Curiosamente, es posible que el cineasta que mejor ha sabido recrear el espíritu dickiano sea el español Alejandro Amenábar con Abre los ojos, película que si bien no está basada en ninguna novela del californiano sí capta perfectamente la esencia de lo que es su obra.

Ubik es, en apariencia, una más de las muchas novelas que escribió durante los años sesenta, a un ritmo verdaderamente frenético y casi siempre repitiendo el mismo esquema narrativo cuando no aprovechando personajes, situaciones y gadgets de obras anteriores. En realidad, casi todos los críticos coinciden en que el verdadero Dick alza el vuelo a mediados de los setenta en una etapa mucho menos prolífica, pero también más reflexiva, más alejada de los clichés del género y también más inclasificable. El primer aviso sería Una mirada a la oscuridad, y la culminación de esa tendencia la trilogía (más temática que argumental) que se inicia con Sivainvi (posiblemente el testamento literario de Dick) y termina con La invasión divina y La transmigración de Timothy Archer.

Pero ese Dick de la madurez difícilmente sería comprensible sin el escritor que durante más de una década emborronó miles de folios regalándonos obras no siempre a su propia altura pero casi nunca faltas de interés.

Ubik posiblemente sea la más conseguida de esas novelas: en realidad una revisitación de Ojo en el cielo (obra anterior en más de doce años) pero con un Dick mucho más consciente de sus propias capacidades y dispuesto a llevar estas hasta su límite. Como gran parte de sus novelas de los años sesenta se apoya narrativamente en introducir un golpe de efecto inesperado cada cierto número de páginas, dándole la vuelta a la trama una y otra vez hasta llegar al giro final que deja al lector sin saber qué pensar sobre lo que acaba de leer. Dick utilizó abundantemente este esquema, en ocasiones con habilidad, en otras de forma chapucera e incoherente: Ubik se encuadra en el primer caso, siendo junto con Aguardando el año pasado quizá la más conseguida de sus novelas de esa época a nivel narrativo.

Si nos paramos a pensarlo un poco, en el fondo es un juego vacío, un laberinto que uno recorre fascinado y desorientado la primera vez pero no las siguientes: en cuanto se conoce el mecanismo, encontrar la salida resulta casi trivial. Una cáscara literaria que puede resultar brillante, pero que acaba cansando si no hay nada más detrás de ella.

Claro que en Dick hay más, siempre hay más. Lo mejor del Dick de su primera época no son sus tramas o sus esquemas argumentales, no es la anécdota, sino los pequeños detalles que salpican una y otra vez la historia de una forma enfermiza y sutil y de los que Ubik está lleno: los electrodomésticos discutiendo con su dueño porque ese se niega a introducirles una moneda para que funcionen, la casi imperceptible dislocación del tiempo que pasa antes de que uno pueda notarla, el mundo como algo incomprensible y a menudo hostil, sus personajes masculinos, carentes de propósito y de empuje y condenados desde la primera página de la novela, sus mujeres (unas veces arpías inclementes, otras un ancla de salvación, pero casi siempre más un símbolo que un verdadero personaje), sus diálogos en los que varios personajes hablan una y otra vez sobre lo mismo sin escucharse unos a otros, los retazos de pensamiento que cruzan la narración (casi siempre inadvertidos para el lector casual, pero que quedan ahí como un mensaje subliminal). Al final la sensación es opresiva y el lector, atrapado por la desesperación que rezuma cada página, no puede evitar el pensamiento de que no hay salida, de que el mundo entero es la artimaña de un titiritero cruel y todos estamos condenados.

Pero esa es muchas veces la marca de fábrica de la buena literatura: casi nunca produce una sensación reconfortante.

Jonathan Strange & Mr. Norrell, de Susanna Clarke

Posted by Avalón on 08 Abr 2005 | Tagged as: Versión original

por Elías F. CombarroJonathan Strange & Mr Norrell
Susanna Clarke
Bloomsbury
septiembre 2004
ISBN: 1582344167 (USA) - 0747570558 (UK)
PAGINA OFICIAL: www.jonathanstrange.com

Jonathan Strange and Mr. Norrell es la primera novela de Susanna Clarke. Fue publicada el año pasado en Estados Unidos y Gran Bretaña con un impresionante éxito de crítica, público y ventas. Su último logro ha sido la nominación para los premios Hugo 2005. Además, también ha sido nominada para los premios de la BFSA (Asociación Británica de Ciencia Ficción), ha sido elegida tanto por los editores como por los lectores de SFSite ( www.sfsite.com ) como la mejor novela del año 2004 y Neil Gaiman ha dicho de ella que es “incuestionablemente la mejor novela inglesa de fantasía de los últimos 70 años”.

Con estas impresionantes cartas de presentación la pregunta natural es: ¿realmente es tan buena esta novela? La respuesta breve y concisa es que sí. Pero no nos quedemos con respuestas fáciles y analicemos un poco más lo que nos podemos encontrar en Jonathan Strange and Mr. Norrell .

Desde el primer momento, queda claro que el eje fundamental de la historia es la magia. Una magia que, en la Inglaterra de principios del siglo XIX, ha dejado de practicarse, aunque no de estudiarse. Y esto es así hasta que aparece en escena Mr. Norrell, uno de los protagonistas principales de la novela. Mr. Norrell es un hombrecillo solitario, que vive retirado en su casa del campo y que ha acumulado a lo largo de los años una enorme biblioteca de libros sobre magia. Estudiándolos concienzudamente, ha conseguido volver a poner en práctica muchos de los conjuros y hechizos que hacía siglos que no se llevaban a cabo. Mr. Norrell es el único mago practicante en Inglaterra. Hay muchos magos teóricos, muchos estudiosos de la magia, pero sólo Mr. Norrell es capaz de hacer magia. ¿Sólo Mr. Norrell? Eso parece, hasta que Jonathan Strange demuestra que él, con menos estudios pero quizá con más talento natural, también es capaz de practicar la magia. Mr. Norrell acepta, con ciertos recelos y reparos, a Jonathan Strange como alumno y ambos entran al servicio del gobierno, especialmente como ayuda en la guerra contra Napoleón y los franceses. Desde ese momento, la historia gravita en torno a la relación de estos dos magos y, sobre todo, a su relación con la magia.

La magia, siempre la magia. Porque la magia es un componente fundamental de la historia de Inglaterra, un elemento que ha configurado desde siempre sus tradiciones, su cultura e incluso su política. Según avanza el libro, el lector se va sumergiendo en este ambiente mágico que impregna todas las cosas y, muchas veces a través de notas a pie de página, va descubriendo al misterioso Rey Cuervo, a las hadas y duendes, a los grandes magos que marcaron una época. Y, sobre todo, va descubriendo que lo que Susanna Clarke ha tejido en esta novela es una historia alternativa, en la que la magia es el elemento que ha transformado y sigue transformando Inglaterra. Una Inglaterra que se ha distanciado de aquella que nosotros conocemos para entrelazarse íntimamente con la historia y la cultura de ese otro misterioso país, el país de las hadas y los duendes, de los seres mágicos por naturaleza.

Quizás el aspecto que más llama la atención con respecto a otras novelas que tratan el tema de la magia (véase, por ejemplo, la serie de Harry Potter, con la que la novela de Clarke ha sido comparada una y otra vez, aún sin tener demasiado en común) es el realismo. La autora declara haber tenido la intención de hacer que la magia pareciera algo plausible. En sus propias palabras, “algo tan real como la magia en la trilogía de Terramar de Ursula K. Le Guin”. Por ello, en el libro son pocas las grandes manifestaciones mágicas, aunque hay algunas realmente espectaculares, como la gran demostración de Mr. Norrell en la catedral de York o el bloqueo marítimo a los franceses mediante barcos construidos con agua (dos de los capítulos más impresionantes de toda la obra). Y es que la magia es una disciplina que requiere un arduo estudio, aparte de una cierta habilidad innata. La magia es algo intrínsecamente difícil. Y, por tanto, la magia no es algo que siempre funcione. Hay muchos hechizos que parecen inútiles, que no alcanzan el propósito deseado, que no se dominan totalmente. A lo largo de la novela, vamos asistiendo al desarrollo de las habilidades mágicas de los dos protagonistas, a sus éxitos y a sus fracasos, a sus descubrimientos e investigaciones. Muchas veces su compresión de lo que hacen es incompleta, y precisamente eso es lo que constituye uno de los núcleos de la historia: por un hechizo precipitado entra en juego un nuevo personaje que hará que muchas cosas cambien de rumbo…

Pero en Jonathan Strange and Mr. Norrell no todo es la magia. Fundamentalmente, la novela es un retrato de una sociedad y, como tal, está llena de detalles costumbristas muy al estilo de Jane Austen (no en vano la autora reconoce que su novela favorita es Emma ). Esta cuidada ambientación se entremezcla con el ambiente mágico, con las preciosas ilustraciones de la edición inglesa y con un fino sentido del humor y de la ironía, para construir una historia que se degusta línea a línea. Porque éste no es un libro para leer con prisa. Es un libro largo (casi 800 páginas en inglés), que merece ser disfrutado con calma, dejándonos sumergir en esa historia alternativa de la Inglaterra mágica del siglo XIX.

Ahora sólo queda ver cuándo podremos disfrutar de la traducción al español de esta gran obra. Parece ser que la editorial Salamandra ya ha comprado los derechos (según informa Bloomsbury, la editorial de la versión inglesa). Ojalá que la espera no sea larga.

Guerra de sexos (4)

Posted by Avalón on 07 Abr 2005 | Tagged as: Temporada 1, Buendía, el friki feliz