Lovecraft
Posted by Avalón on 09 Abr 2005 at 04:27 am | Tagged as: Reseñas
por Iván Olmedo
Hans Rodionoff Norma Editorial Tú ya lo sabías, ¿verdad Howard? (¿cuántos Howard malditos habéis sido ya? He perdido la cuenta). Sabías, como parecías saber otras miles de cosas inexplicables, que esto acabaría sucediendo. Seguramente pensaste, de todas formas, que se trataba de otra de tus alucinaciones, y que no sería a este lado de la cortina del mundo donde acabaría por pasar. Pero lo ha hecho, yo estoy aquí para dar fe de ello, y me alegro por ti. O mejor, por tu leyenda. Puedo imaginar perfectamente cómo te tomarías con una mezcla de repulsión y halago todo esto. Cómo degustarías la vorágine que se desató tras tu paso por este lado del espejo. Decidiste abrir las tapas del libro infame y alimentarlo con ratas muertas y crías de pájaro. Te atreviste a descubrir párrafos enteros escritos con sangre y hollín, pensando que muchos lo tomarían por literatura pasada de rosca; unos pocos entreverían su significado y todos sentirían un terror de raíces profundas. Lo conseguiste, está claro. Aquel niño que se disfrazaba de árabe loco y jugaba con su propia sombra, sabía. ¿Qué fue antes, Howard? ¿La llegada del soggoth en la noche, apagando las estrellas, atravesando la ventana de tu habitación..? ¿O la revelación de tu padre, perdido en los desiertos de la locura, con los ojos enfermos, contaminados de espanto? Nunca fuiste muy claro respecto a esto, pero es lógico que te lo guardases para ti, que lo conservases como algo íntimo. Entonces, ¿por qué ese afán por trasladar al papel barato la atroz realidad? ¿Por qué has querido mostrarnos que somos humo y espejos, barro pobre, alimento de los dioses..? No te extrañe, Howard, que el escapista genial – endiosado como pocos – se riera de ti. No te sorprenda, Lovey, (perdón, sé que odias ese estúpido mote) que el orondo editor te reclamase más pieles femeninas descubiertas y menos adjetivos indescifrables. ¿En qué mundo vivías tú, viejo amigo? Tu abuelo no volvió al lado de ningún dios misericordioso, lo sabes. Osó hablar de Cthulhu y las estrellas lo engulleron. Algo tan fascinantemente sencillo y terrible como eso. Tú, después, también pronunciaste el nombre del que duerme en la eternidad. Y has pagado por tu fidelidad al viejo. Pero todo esto lo conoces y te lo he dicho en otras ocasiones. Te escribo, antiguo compañero, para decirte que aquello que temías secretamente y en el fondo sabías que iba a pasar, ha pasado. Cierto que no es la primera vez, pero hacía eones que no me dirigía a ti, y qué mejor ocasión que ésta para hacerlo. Han tomado tu nombre (no en vano, esperemos) y han dado a la luz un libro que pretende recontar tus pasos sobre este mundo. Y otros… Los locos poseen nombres propios. Son tres personas que habitan este mundo incapacitado para reflexionar acerca de lo que está frente a sus ojos. Pero esos tres… Rodionoff, un joven de rostro barbudo y larga cabellera que pretende haber tenido entre sus manos una copia del Necronomicón. Pero eso es imposible, como tú y yo sabemos. Rodionoff no puede haber leído una sola página de El Libro si mantiene la cordura. ¿Es otro de los muchos impostores que se han envenenado con tus sueños, Howard, y sólo anhela contaminar a otros? Todo parece indicarlo. En otro giro de tuerca del destino, el inconsciente joven ha logrado pervertir a dos hombres de provecho o, mejor dicho, los que alguna vez fueron dos hombres de provecho. Uno posee apellido sonoro: Enrique Breccia, ese loco que da a luz ilustraciones de extraños matices, se ha dejado embaucar y ha caído por el borde de la pesadilla. Con un talento surgido de no se qué abismo, este autodidacta sagaz ha dibujado una Providence espléndida y una Arkham fétida, vomitiva por momentos. Ahora vive a orillas del mar… ¡a unos pasos del Océano! Solo un demente abducido por tus ideas osaría impregnar sus dedos del color de lo Profundo, hallándose a tan escasa distancia del monstruoso hogar primigenio. Intuyo, amigo, que he encontrado la definitiva conexión entre la Patagonia y tus montañas de la locura. Era cierto; es asombroso. El otro desgraciado se apellida Giffen. Él es más la víctima propiciatoria, el sacrificio que los otros dos han dispuesto para el Gran Cthulhu, para su hambre eterna. Su rastro ha desaparecido. Sus fotos, sus correos electrónicos, sus huellas de poeta loco… Ni siquiera en Internet puede seguirse su pista. Él ha apoyado con su experiencia acumulada a los otros dos… ¡ay! Más le hubiera valido abundar en sus tebeos de superhombres fatuos y supermujeres descaradas… En lo más hondo de mi conocimiento sé que el pobre Giffen ha sido tragado por el Mal. Sin embargo este loco aún vive. Hace mucho que no le veo, Howard, así que no puedo asegurarte si su alma ha quedado pervertida para siempre o no, pero me temo lo peor. Rodionoff y Breccia encontraron un alma, un cuerpo, que ofrecer a las tinieblas, y de esa semilla terrible surgió el libro del que te hablo, antiguo amigo. Un precio demasiado caro. Te hubiera gustado verte de nuevo disfrazado de sarraceno de tus mil y una noches solitarias; o defendiendo tu tesoro de los niños patanes del pueblo. Pero poco más, me temo. Estos tres locos de los que te he hablado han traído de vuelta las pesadillas, y algunas de las imágenes pérfidas que se muestran en las hojas de este libro podrían traerte malos recuerdos y desestabilizar tu sosiego. No oso culpar a Giffen de nada; intuyo que su destino ha de ser tan amargo que solo pronunciar su nombre me hiela el alma. Tan solo te remito, amigo, a la obra. Es acogedora y alucinante a un tiempo. Y, aunque pueda hacerte recordar cosas que no quieras recordar, es una muestra más de aquello que tú ya sabías que pasaría, ¿no es cierto? No te dejan dormir. Sé que ha sido una corta misiva, sin comparación con lo acostumbrado, pero debo dejarte ya, Howard. Solo quiero decirte – como aquella vez en el faro, tú ya sabes – que es un extremado orgullo para mí que me consideres uno de tus pocos amigos. Porque ves colores que nadie ve y oyes susurros blasfemos entre las nubes negras del oriente. Porque has dejado huellas en el laberinto de cada cerebro humano. Porque no te rendiste nunca… Recuerda esto: Rodionoff, Breccia y Giffen han unido sus apellidos al tuyo, Lovecraft. Han regalado sus espíritus a la oscuridad. |