por Rodolfo Martínez
Javier Negrete
El Espíritu del mago
Minotauro, Barcelona, abril 2005
ISBN: 84-450-7539-X

He seguido con atención la carrera de Javier Negrete desde que, en 1992, obtuviera la mención del jurado del Premio UPC por «La luna quieta», una inquietante novela corta fantástica cuya factura casi perfecta hizo que todos nos preguntásemos de dónde había salido aquel recién llegado al género. Para mí (y creo que para muchos otros) Negrete fue el ganador moral de aquella primera edición del UPC, sin por ello pretender desmerecer las dos obras que aquel año se alzaron con el premio: «Mundo de dioses» de Rafael Marín y «El círculo de piedra» de Ángel Torres Quesada.

Desde entonces Negrete se ha convertido en un habitual de los premios UPC. Las veces que ha quedado finalista han sido incontables (y lo ha llegado a ganar en alguna ocasión) y, para deleite de todos, esas novelas cortas han ido apareciendo en distintos medios. De ellas yo destacaría, sobre todo, dos: «Estado crepuscular», una revisitación en un tono paródico e hilarante de algunos de los más sobados clichés de la ciencia ficción; y «Nox perpetua», una historia de exploración y viajes (inspirada en cierta medida en la expedición de Scott al Polo) tramada con inteligencia y coraje y cuyo giro de tuerca final cierra la narración de un modo prácticamente perfecto.

Su primera novela publicada, La mirada de las furias, no llegó a convencerme del todo, sin embargo. Siempre tuve la sensación de que le sobraban páginas, de que estaba frente a una novela corta en origen a la que se le había añadido demasiada «agua» para convertirla en novela. Pese a eso, la habilidad narrativa de Negrete hacía que casi todas las páginas fueran interesantes y que la historia se leyera con agrado.

Y el año pasado descubrimos (algunos redescubrimos) un nuevo Negrete. Un Negrete amante de la fantasía heroica y la aventura sin complejos. En La espada de fuego (sin duda la sorpresa editorial de 2004, pues la novela tuvo unas excelentes ventas sin que apenas fuera necesario trabajo promocional alguno, basadas exclusivamente en el boca a boca) Negrete nos construye una historia de espadas y brujería que puede ser calificada (sin que el término conlleve nada peyorativo) de convencional, en el sentido de que el autor no pretende renovar el género ni darle un nuevo giro de tuerca a las situaciones de siempre, sino que asume las convenciones de la fantasía heroica y las utiliza de forma inteligente en una narración sólida, con buen ritmo y un ambiente y unos personajes que enseguida se le hacen atractivos al lector.

Ahora, tras leer El espíritu del mago, comprendo que La espada de fuego no fue más que un prólogo necesario: quizá una primera etapa de aprendizaje durante la cual Negrete le tomó el pulso al mundo y los personajes que estaba creando antes de meterse a fondo con ellos y empezar a hacer lo que realmente quería.

El espíritu del mago es una de las mejores novelas de aventuras (y de fantasía, y de capa y espada y de muchas otras cosas) que he leído en bastante tiempo. Sus setecientas páginas se hacen demasiado breves para el lector, absorto completamente en lo que está leyendo, y llevado de la mano de un lado a otro de la historia por una narración bien construida y narrada con un ritmo impecable. El autor echa mano de todos los recursos narrativos que el folletín (o puede que el culebrón, o quizá ambos) pone a su disposición: traiciones, secretos ocultos, identidades trastocadas, intrigas palaciegas, planes ocultos en otros planes ocultos en otros planes, viajes accidentados, amenazas sexuales, personajes que no son lo que parecen, parentescos inesperados, amistades puestas a prueba y, por supuesto, una amenaza terrible que se cierne sobre el mundo y que será resuelta en una batalla multitudinaria que Peter Jackon estaría encantado de filmar. Negrete usa todos esos recursos con sabiduría, con una habilidad narrativa ciertamente envidiable y compone con ellos una fantasía heroica que tiene poco, o nada, que envidiar a algunos de los éxitos más sonados en el género más allá de nuestras fronteras.

Y como guinda, como último guiño, el autor deja preparado hábilmente el terreno para una continuación. No quiero decir con ello que la novela no termine: al contrario, la historia se cierra sin fisuras y lo que se nos ha venido narrando durante setecientas páginas llega a su conclusión natural. Pero al mismo tiempo, se nos han ido dando las suficientes pistas, se han dejado los flecos sueltos necesarios para que una nueva novela ambientada en Tramorea sea, no ya necesaria, sino casi inevitable.

Sólo me queda desearle a Javier Negrete que obtenga con El espíritu del mago el mismo éxito, o más, que tuvo con La espada de fuego. Sin duda se lo merece.