por Javier Cuevas
LA GENTE DEL MARGEN
Orson Scott Card
The folk of the fringe
Traducción de Márgara Auerbach
Ediciones B Colección Nova Cf nº 45, 1992
ISBN: 84-406-2564-4
Hay libros que, sin terminar de entusiasmar, tienen sobre el lector otros efectos, a veces casi equivalentes a la satisfacción. Son aquellos que te hacen pensar, tal vez no exactamente en aquello que te han contado, sino en algo que su argumento o su forma de relatar las cosas te recuerdan.Algo así puede ocurrir después de la lectura de La gente del margen, de Orson Scott Card. El libro agrupa un conjunto de relatos sobre una hipotética América post-cataclísmica en la que la sociedad se ha ido al cuerno después del lanzamiento de unos pocos misiles, y en la que una lenta recuperación de la civilización se lleva a cabo bajo la dirección de los mormones y partiendo de su actual centro capital, Salt Lake City. Poco a poco, de una posición de desamparo y rechazo por parte de las religiones mayoritarias, los mormones irán creciendo y reorganizando los territorios de los antiguos estados haciendo gala de una cierta tolerancia y basándose en la vuelta a la vida familiar de las pequeñas ciudades rurales y la recuperación de la tierra. En el último relato del libro se nos informa de que el resto del continente ha pasado de nuevo a poder de los indios, y estos, organizados bajo un nuevo líder casi mítico y regeneracionista –hijo, eso sí, de un misionero del norte- tolerarán al estado mormón como único resto de los antiguas naciones fundadas por europeos.

Todo esto le hace quedar a uno bastante pensativo, aún después de leer el aclarador prólogo de Miquel Barceló. Sabía que Card era mormón, pero en cierta medida me sorprendió bastante descubrir que era un mormón militante. También sabía que había pasado un cierto tiempo como misionero en Brasil (esto hubiera debido hacerme pensar sobre el primer punto), y la influencia de este tiempo pasado en contacto con los indios puede leerse claramente en el relato que cierra La gente del margen.

Creo que fue aquí donde la sorpresa comenzó a dejar paso a la reflexión. En primer lugar, las obras de especulación sobre sociedades futuras basadas en hipótesis religiosas o políticas muy evidentes, o en las que el autor toma partido claramente, son recibidas con una cierta falta de naturalidad, y de hecho no suelen ser criticadas o comentadas con la pasión que sería de esperar en los fanzines o revistas del género. Pensando pensando, uno se da cuenta de que en la CF debatimos el estilo, la originalidad de las ideas, la forma de expresarlas y un montón de cosas más, pero parece haber un cierto tabú no mencionado alrededor de las obras de especulación religiosas o políticas, lo cual no deja de ser un contrasentido. Al fin y al cabo, cuando un autor imagina sociedades futuras, pasadas o alternativas, si no da cuenta de su forma de gobierno y de aquello en lo que creen se está callando una buena parte de esa realidad.

De hecho, es muy probable que este tabú nazca de la propia naturaleza del contrasentido. Pocos temas han despertado tan vivas pasiones. En nombre de una forma de gobierno, de un esquema de sociedad y de una idea de Dios o de los Dioses se ha vertido tanta sangre como para teñir un océano. A veces la propia especulación es un atrevimiento peligroso, a veces es peligroso o incómodo escribirla, y no es extraño que lo sea entonces discutirla o criticarla. Muchos fanzines no querrían ese tipo de discusiones en sus páginas por miedo a ser encasillados como de una tendencia determinada, o para evitar enfrentamientos demasiado duros entre corresponsales. A veces parece que sigue siendo peligroso que los demás sospechen o se enteren de que eres creyente o no de tal fe, y de que tus ideas van firmemente en tal o cual dirección. Puede que los orígenes de este fenómeno sean más profundos de lo que pensamos. La mayor parte de las obras que leemos procede de los Estados Unidos, y uno puede llegar a asombrarse de en cuanto limita eso el campo de visión. Curiosamente, las ideas se permiten mayores atrevimientos cuando proceden de autores de la vieja Europa, donde al parecer resulta más fácil expresar gustos, pensamiento u opiniones distintas de las generalmente aceptadas como buenas. A veces uno tiene la sensación de estar cambiando, o mejor dicho, de ver como le cambian una cultura compleja y de múltiples facetas por otra más fácil de manejar y menos complicada.

A todo esto debemos añadirle nuestros propios tabúes nacionales. Uno lee una obra como esta y ve en Card poca objetividad. Es natural, teniendo en cuenta que trata un tema en el que está profundamente implicado. La obra de Card es poco más o menos panfletaria y él lo reconoce implícitamente. Incluso mezcla un poco de sana autocrítica constructiva. Los relatos están bien escritos, las ideas que plantea son interesantes esté uno de acuerdo con ellas o no. La mayoría de las situaciones están bien plasmadas y resultan consecuentes.

Y como ya he dicho al principio, le hacen a uno pensar.

Si un escritor nacional de CF hubiera escrito algo parecido, naturalmente basándose en sus concepciones católicas, hubiera sido tildado automáticamente de facha. Es curioso, pero es así. Los intelectuales de la CF nacional han aceptado la especulación de Card como un interesante planteamiento sobre el poder de la religión, pero si alguien hubiera hecho lo mismo en base al catolicismo (que dicho sea de paso, sobrevivió a varios cataclismos y logró reconstruir las formas de civilización destruidas) automáticamente se hubieran levantado algunas voces para crucificarle. Resulta estremecedor pensar en que medida somos víctimas de nuestros prejuicios contra nosotros mismos, y a veces creo –las paranoias, como el miedo, son libres- que los anglosajones han descubierto esto y lo utilizan para venderse como mejores a sí mismos, dándonos la razón sobre esos hipotéticos defectos de los que nos imaginamos llenos.

Llegados a este punto tengo que decir que no me lo creo. No me creo lo de un gobierno mormón tolerante con quienes no lo sean. La iglesia mormona es una iglesia joven, y las iglesias jóvenes son más bien competitivas. El propio Card, un escritor de CF con una mente abierta y una visión amplia, se fue una temporada al Brasil a practicar el proselitismo activo.

Creo que Card empieza a gustarme precisamente por la calidad y audacia de sus trampas. Que un norteamericano anglosajón y protestante escriba un relato en el que se vislumbre la devolución de América a los indios y el barrido de toda influencia europea como un acto de justicia casi divina del que quedan excluidos precisamente los mormones me parece demasiada piedra de molino. Porque, por si alguien no se había fijado hasta ahora, lo que precisamente desaparece como “cultura europea” dominante y opresiva en la novela es la cultura católica de America Latina, que vuelve en ella “sanamente” a sus raíces indígenas, manteniendo al final a los blancos protestantes y mormones del norte en un aparte.

Tan aparte y excluidos de su mundo como éstos precisamente desearían, concluye uno en su malignidad. Y es que recibir una educación católica le hace a uno tan retorcido y perverso…