Reseñas
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Posted by Instanton on 14 May 2007 | Tagged as: Reseñas
por José Manuel Uría
La noche del miedo
Iker Jiménez
Editorial Edaf, Madrid, 3ª Edición, Diciembre 2005
ISBN: 84-414-1578-1
Iker Jiménez no es un autor de mi devoción y tampoco me encuentro entre quienes dan por verídicas las historias que en sus programas de radio y televisión se relatan. Sin embargo, tengo un gran interés por el folklore subyacente en el mundo de lo paranormal y lo misterioso. El escepticismo frente a las afirmaciones extraordinarias no implica el desinterés por la ideología que las sustenta. Puede pues analizarse un libro como La noche del miedo como si de una obra de literatura fantástica se tratase, y que sea luego el lector quien juzgue si los hechos narrados son reales o no.
El libro relata una investigación del autor sobre unos acontecimientos acaecidos en una base militar española a mediados de los setenta. Se trata de la supuesta aparición de un ser misterioso, quizá vinculado con la presencia de algún tipo de objeto volante no identificado. Y como tal la historia está narrada a partir del proceso de investigación del autor resulta más una especie de mezcla de novela con elementos de artículo periodístico más que un ensayo propiamente dicho. Es precisamente este aspecto el que permite diferenciar dos formas claras de analizar el contenido, por una parte el hecho en sí protagonista de la historia, y por otra el proceso de la investigación periodística. Es precisamente haciendo una crítica sobre este último aspecto como el libro pierde por completo la credibilidad.
Si se tratase de una novela uno tendría la tentación de calificar tal historia como mala, artificial, previsible y tramposa. Y es que desde el primer momento en que aparece un misterioso informador llamado Verne9, pasando por los tópicos pasajes de conspiración gubernamental más propios de un bolsilibro de mala calidad que de un ensayo sobre fenómenos sin explicar por la ciencia contemporánea, hasta las conclusiones finales, he tenido la sensación de encontrarme con una historia artificial. Una historia construida por un mal novelista tratando de crear una incertidumbre, una inquietud o un misterio más que narrar acontecimientos reales, pero un misterio que en ningún momento termina de cuajar. No existe un sólo hecho de la investigación que no sea de algún modo previsible por un lector asiduo de obras de ficción. Y esto redunda en una falta de credibilidad de los contenidos, sobre los hechos que se supone que han de ser son los protagonistas de la narración. El exceso de énfasis en las peripecias del autor, que casi roza el onanismo intelectual, no hace más que aumentar el escepticismo en el proceso de lectura. Se trata de una historia muy forzada, y más increíble si cabe que la propia aparición que trata de desentrañar con una serie de entrevistas con los testigos y otras personas implicadas en el caso. Quizá la intención del autor sea tener al lector enganchado a la lectura, o sugerir una sensación de misterio cósmico, pero su completa falta de profesionalidad en cuanto los recursos estilísticos y técnicas narrativas se refiere lo hace naufragar. Y es que no es lo mismo la creación de textos periodísticos pensados para un público afín que la de un buen texto de ficción. Si el juego narrativo es presentar una historia real con elementos fantásticos para aderezar la lectura debería de hacerse con profesionalidad y suponiendo un poco más de inteligencia y sentido crítico por parte del lector.
Y todo esto es una pena, ya que el suceso que se relata es interesante en sí mismo. Frente a la incredulidad militante o a la aceptación de opiniones tendenciosas y manipuladoras como actos de fe en el mundo del misterio, existe una serie de posiciones escépticas intermedias. Para quienes se acomodan en este rango de grises siempre puede resultar interesante pararse a reflexionar sobre hechos que si bien casi toda la evidencia sugiere que pueden ser alucinaciones colectivas o fenómenos naturales mal interpretados, son dignos de consideración. No ya porque tras ellos realmente puedan existir nuevos fenómenos naturales por explicar, que siempre es posible, sino por el interés que tienen en sí mismos por el hecho de que personas cabales y con formación puedan dejarse llevar por el pánico ante situaciones como las relatadas. En este sentido La noche del miedo es un título muy adecuado, pero tiene un doble sentido, ya que ese miedo puede ser resultado de enfrentarse a lo desconocido o fruto de una paranoia difícil de justificar. Y es que los hechos, incluso narrados desde una perspectiva crédula como la del autor, permiten esa otra interpretación escéptica. Él mismo plantea en un capítulo una serie de opciones mucho más convencionales muy interesantes, pero en vez de ahondar en esos temas y dar todos los elementos para que el lector juzgue por sí mismo tendiendo frente a sí todas las opciones opta finalmente por derivarlo en la típica historia de conspiración de poderes ocultos. Precisamente por ello resulta decepcionante la forma de narrar el proceso de investigación ya que si se sospecha que buena parte de los hechos narrados sobre la investigación están inventados también puede haber buena parte de invenciones en el relato del suceso.
No olvidemos que el lector medio no podrá verificar todos los nombres y relatos mencionados en la obra, no podrá comprobar por sus medios qué es cierto y qué no. Pues aunque todo lo narrado por los testigos en el libro se corresponda con lo que realmente esas personas creyeron ver en esa base militar y sus alrededores, uno no puede fiarse del investigador por sus abundantes acercamientos al sensacionalismo y la manipulación, y acaba desechando tales contenidos. Quizá nos aporte razones a quienes creemos que no existe ninguno de esos misterios que todas las semanas relata Iker Jiménez, y que no son más que resultado de errores, a veces manipulaciones, y otras veces verdades a medias. Pero incluso para alguien como yo que piensa que eso es realmente lo que sucede resulta desalentador que sucesos que quizá fuesen de gran interés por su extrañeza caigan en el olvido o sean objeto de bufa como consecuencia del ansia de aumentar audiencia o tiradas de ejemplares. Y La noche del miedo no ayuda para nada a combatir esa impresión.
Posted by Avalón on 23 Jul 2005 | Tagged as: Reseñas
LA GENTE DEL MARGENTodo esto le hace quedar a uno bastante pensativo, aún después de leer el aclarador prólogo de Miquel Barceló. Sabía que Card era mormón, pero en cierta medida me sorprendió bastante descubrir que era un mormón militante. También sabía que había pasado un cierto tiempo como misionero en Brasil (esto hubiera debido hacerme pensar sobre el primer punto), y la influencia de este tiempo pasado en contacto con los indios puede leerse claramente en el relato que cierra La gente del margen.
Creo que fue aquí donde la sorpresa comenzó a dejar paso a la reflexión. En primer lugar, las obras de especulación sobre sociedades futuras basadas en hipótesis religiosas o políticas muy evidentes, o en las que el autor toma partido claramente, son recibidas con una cierta falta de naturalidad, y de hecho no suelen ser criticadas o comentadas con la pasión que sería de esperar en los fanzines o revistas del género. Pensando pensando, uno se da cuenta de que en la CF debatimos el estilo, la originalidad de las ideas, la forma de expresarlas y un montón de cosas más, pero parece haber un cierto tabú no mencionado alrededor de las obras de especulación religiosas o políticas, lo cual no deja de ser un contrasentido. Al fin y al cabo, cuando un autor imagina sociedades futuras, pasadas o alternativas, si no da cuenta de su forma de gobierno y de aquello en lo que creen se está callando una buena parte de esa realidad.
De hecho, es muy probable que este tabú nazca de la propia naturaleza del contrasentido. Pocos temas han despertado tan vivas pasiones. En nombre de una forma de gobierno, de un esquema de sociedad y de una idea de Dios o de los Dioses se ha vertido tanta sangre como para teñir un océano. A veces la propia especulación es un atrevimiento peligroso, a veces es peligroso o incómodo escribirla, y no es extraño que lo sea entonces discutirla o criticarla. Muchos fanzines no querrían ese tipo de discusiones en sus páginas por miedo a ser encasillados como de una tendencia determinada, o para evitar enfrentamientos demasiado duros entre corresponsales. A veces parece que sigue siendo peligroso que los demás sospechen o se enteren de que eres creyente o no de tal fe, y de que tus ideas van firmemente en tal o cual dirección. Puede que los orígenes de este fenómeno sean más profundos de lo que pensamos. La mayor parte de las obras que leemos procede de los Estados Unidos, y uno puede llegar a asombrarse de en cuanto limita eso el campo de visión. Curiosamente, las ideas se permiten mayores atrevimientos cuando proceden de autores de la vieja Europa, donde al parecer resulta más fácil expresar gustos, pensamiento u opiniones distintas de las generalmente aceptadas como buenas. A veces uno tiene la sensación de estar cambiando, o mejor dicho, de ver como le cambian una cultura compleja y de múltiples facetas por otra más fácil de manejar y menos complicada.
A todo esto debemos añadirle nuestros propios tabúes nacionales. Uno lee una obra como esta y ve en Card poca objetividad. Es natural, teniendo en cuenta que trata un tema en el que está profundamente implicado. La obra de Card es poco más o menos panfletaria y él lo reconoce implícitamente. Incluso mezcla un poco de sana autocrítica constructiva. Los relatos están bien escritos, las ideas que plantea son interesantes esté uno de acuerdo con ellas o no. La mayoría de las situaciones están bien plasmadas y resultan consecuentes.
Y como ya he dicho al principio, le hacen a uno pensar.
Si un escritor nacional de CF hubiera escrito algo parecido, naturalmente basándose en sus concepciones católicas, hubiera sido tildado automáticamente de facha. Es curioso, pero es así. Los intelectuales de la CF nacional han aceptado la especulación de Card como un interesante planteamiento sobre el poder de la religión, pero si alguien hubiera hecho lo mismo en base al catolicismo (que dicho sea de paso, sí sobrevivió a varios cataclismos y sí logró reconstruir las formas de civilización destruidas) automáticamente se hubieran levantado algunas voces para crucificarle. Resulta estremecedor pensar en que medida somos víctimas de nuestros prejuicios contra nosotros mismos, y a veces creo –las paranoias, como el miedo, son libres- que los anglosajones han descubierto esto y lo utilizan para venderse como mejores a sí mismos, dándonos la razón sobre esos hipotéticos defectos de los que nos imaginamos llenos.
Llegados a este punto tengo que decir que no me lo creo. No me creo lo de un gobierno mormón tolerante con quienes no lo sean. La iglesia mormona es una iglesia joven, y las iglesias jóvenes son más bien competitivas. El propio Card, un escritor de CF con una mente abierta y una visión amplia, se fue una temporada al Brasil a practicar el proselitismo activo.
Creo que Card empieza a gustarme precisamente por la calidad y audacia de sus trampas. Que un norteamericano anglosajón y protestante escriba un relato en el que se vislumbre la devolución de América a los indios y el barrido de toda influencia europea como un acto de justicia casi divina del que quedan excluidos precisamente los mormones me parece demasiada piedra de molino. Porque, por si alguien no se había fijado hasta ahora, lo que precisamente desaparece como “cultura europea” dominante y opresiva en la novela es la cultura católica de America Latina, que vuelve en ella “sanamente” a sus raíces indígenas, manteniendo al final a los blancos protestantes y mormones del norte en un aparte.
Tan aparte y excluidos de su mundo como éstos precisamente desearían, concluye uno en su malignidad. Y es que recibir una educación católica le hace a uno tan retorcido y perverso…
Posted by Avalón on 16 May 2005 | Tagged as: Reseñas
Javier NegreteHe seguido con atención la carrera de Javier Negrete desde que, en 1992, obtuviera la mención del jurado del Premio UPC por «La luna quieta», una inquietante novela corta fantástica cuya factura casi perfecta hizo que todos nos preguntásemos de dónde había salido aquel recién llegado al género. Para mí (y creo que para muchos otros) Negrete fue el ganador moral de aquella primera edición del UPC, sin por ello pretender desmerecer las dos obras que aquel año se alzaron con el premio: «Mundo de dioses» de Rafael Marín y «El círculo de piedra» de Ángel Torres Quesada.
Desde entonces Negrete se ha convertido en un habitual de los premios UPC. Las veces que ha quedado finalista han sido incontables (y lo ha llegado a ganar en alguna ocasión) y, para deleite de todos, esas novelas cortas han ido apareciendo en distintos medios. De ellas yo destacaría, sobre todo, dos: «Estado crepuscular», una revisitación en un tono paródico e hilarante de algunos de los más sobados clichés de la ciencia ficción; y «Nox perpetua», una historia de exploración y viajes (inspirada en cierta medida en la expedición de Scott al Polo) tramada con inteligencia y coraje y cuyo giro de tuerca final cierra la narración de un modo prácticamente perfecto.
Su primera novela publicada, La mirada de las furias, no llegó a convencerme del todo, sin embargo. Siempre tuve la sensación de que le sobraban páginas, de que estaba frente a una novela corta en origen a la que se le había añadido demasiada «agua» para convertirla en novela. Pese a eso, la habilidad narrativa de Negrete hacía que casi todas las páginas fueran interesantes y que la historia se leyera con agrado.
Y el año pasado descubrimos (algunos redescubrimos) un nuevo Negrete. Un Negrete amante de la fantasía heroica y la aventura sin complejos. En La espada de fuego (sin duda la sorpresa editorial de 2004, pues la novela tuvo unas excelentes ventas sin que apenas fuera necesario trabajo promocional alguno, basadas exclusivamente en el boca a boca) Negrete nos construye una historia de espadas y brujería que puede ser calificada (sin que el término conlleve nada peyorativo) de convencional, en el sentido de que el autor no pretende renovar el género ni darle un nuevo giro de tuerca a las situaciones de siempre, sino que asume las convenciones de la fantasía heroica y las utiliza de forma inteligente en una narración sólida, con buen ritmo y un ambiente y unos personajes que enseguida se le hacen atractivos al lector.
Ahora, tras leer El espíritu del mago, comprendo que La espada de fuego no fue más que un prólogo necesario: quizá una primera etapa de aprendizaje durante la cual Negrete le tomó el pulso al mundo y los personajes que estaba creando antes de meterse a fondo con ellos y empezar a hacer lo que realmente quería.
El espíritu del mago es una de las mejores novelas de aventuras (y de fantasía, y de capa y espada y de muchas otras cosas) que he leído en bastante tiempo. Sus setecientas páginas se hacen demasiado breves para el lector, absorto completamente en lo que está leyendo, y llevado de la mano de un lado a otro de la historia por una narración bien construida y narrada con un ritmo impecable. El autor echa mano de todos los recursos narrativos que el folletín (o puede que el culebrón, o quizá ambos) pone a su disposición: traiciones, secretos ocultos, identidades trastocadas, intrigas palaciegas, planes ocultos en otros planes ocultos en otros planes, viajes accidentados, amenazas sexuales, personajes que no son lo que parecen, parentescos inesperados, amistades puestas a prueba y, por supuesto, una amenaza terrible que se cierne sobre el mundo y que será resuelta en una batalla multitudinaria que Peter Jackon estaría encantado de filmar. Negrete usa todos esos recursos con sabiduría, con una habilidad narrativa ciertamente envidiable y compone con ellos una fantasía heroica que tiene poco, o nada, que envidiar a algunos de los éxitos más sonados en el género más allá de nuestras fronteras.
Y como guinda, como último guiño, el autor deja preparado hábilmente el terreno para una continuación. No quiero decir con ello que la novela no termine: al contrario, la historia se cierra sin fisuras y lo que se nos ha venido narrando durante setecientas páginas llega a su conclusión natural. Pero al mismo tiempo, se nos han ido dando las suficientes pistas, se han dejado los flecos sueltos necesarios para que una nueva novela ambientada en Tramorea sea, no ya necesaria, sino casi inevitable.
Sólo me queda desearle a Javier Negrete que obtenga con El espíritu del mago el mismo éxito, o más, que tuvo con La espada de fuego. Sin duda se lo merece.
Posted by Avalón on 09 Abr 2005 | Tagged as: Reseñas
por Iván Olmedo
Hans Rodionoff Norma Editorial Tú ya lo sabías, ¿verdad Howard? (¿cuántos Howard malditos habéis sido ya? He perdido la cuenta). Sabías, como parecías saber otras miles de cosas inexplicables, que esto acabaría sucediendo. Seguramente pensaste, de todas formas, que se trataba de otra de tus alucinaciones, y que no sería a este lado de la cortina del mundo donde acabaría por pasar. Pero lo ha hecho, yo estoy aquí para dar fe de ello, y me alegro por ti. O mejor, por tu leyenda. Puedo imaginar perfectamente cómo te tomarías con una mezcla de repulsión y halago todo esto. Cómo degustarías la vorágine que se desató tras tu paso por este lado del espejo. Decidiste abrir las tapas del libro infame y alimentarlo con ratas muertas y crías de pájaro. Te atreviste a descubrir párrafos enteros escritos con sangre y hollín, pensando que muchos lo tomarían por literatura pasada de rosca; unos pocos entreverían su significado y todos sentirían un terror de raíces profundas. Lo conseguiste, está claro. Aquel niño que se disfrazaba de árabe loco y jugaba con su propia sombra, sabía. ¿Qué fue antes, Howard? ¿La llegada del soggoth en la noche, apagando las estrellas, atravesando la ventana de tu habitación..? ¿O la revelación de tu padre, perdido en los desiertos de la locura, con los ojos enfermos, contaminados de espanto? Nunca fuiste muy claro respecto a esto, pero es lógico que te lo guardases para ti, que lo conservases como algo íntimo. Entonces, ¿por qué ese afán por trasladar al papel barato la atroz realidad? ¿Por qué has querido mostrarnos que somos humo y espejos, barro pobre, alimento de los dioses..? No te extrañe, Howard, que el escapista genial – endiosado como pocos – se riera de ti. No te sorprenda, Lovey, (perdón, sé que odias ese estúpido mote) que el orondo editor te reclamase más pieles femeninas descubiertas y menos adjetivos indescifrables. ¿En qué mundo vivías tú, viejo amigo? Tu abuelo no volvió al lado de ningún dios misericordioso, lo sabes. Osó hablar de Cthulhu y las estrellas lo engulleron. Algo tan fascinantemente sencillo y terrible como eso. Tú, después, también pronunciaste el nombre del que duerme en la eternidad. Y has pagado por tu fidelidad al viejo. Pero todo esto lo conoces y te lo he dicho en otras ocasiones. Te escribo, antiguo compañero, para decirte que aquello que temías secretamente y en el fondo sabías que iba a pasar, ha pasado. Cierto que no es la primera vez, pero hacía eones que no me dirigía a ti, y qué mejor ocasión que ésta para hacerlo. Han tomado tu nombre (no en vano, esperemos) y han dado a la luz un libro que pretende recontar tus pasos sobre este mundo. Y otros… Los locos poseen nombres propios. Son tres personas que habitan este mundo incapacitado para reflexionar acerca de lo que está frente a sus ojos. Pero esos tres… Rodionoff, un joven de rostro barbudo y larga cabellera que pretende haber tenido entre sus manos una copia del Necronomicón. Pero eso es imposible, como tú y yo sabemos. Rodionoff no puede haber leído una sola página de El Libro si mantiene la cordura. ¿Es otro de los muchos impostores que se han envenenado con tus sueños, Howard, y sólo anhela contaminar a otros? Todo parece indicarlo. En otro giro de tuerca del destino, el inconsciente joven ha logrado pervertir a dos hombres de provecho o, mejor dicho, los que alguna vez fueron dos hombres de provecho. Uno posee apellido sonoro: Enrique Breccia, ese loco que da a luz ilustraciones de extraños matices, se ha dejado embaucar y ha caído por el borde de la pesadilla. Con un talento surgido de no se qué abismo, este autodidacta sagaz ha dibujado una Providence espléndida y una Arkham fétida, vomitiva por momentos. Ahora vive a orillas del mar… ¡a unos pasos del Océano! Solo un demente abducido por tus ideas osaría impregnar sus dedos del color de lo Profundo, hallándose a tan escasa distancia del monstruoso hogar primigenio. Intuyo, amigo, que he encontrado la definitiva conexión entre la Patagonia y tus montañas de la locura. Era cierto; es asombroso. El otro desgraciado se apellida Giffen. Él es más la víctima propiciatoria, el sacrificio que los otros dos han dispuesto para el Gran Cthulhu, para su hambre eterna. Su rastro ha desaparecido. Sus fotos, sus correos electrónicos, sus huellas de poeta loco… Ni siquiera en Internet puede seguirse su pista. Él ha apoyado con su experiencia acumulada a los otros dos… ¡ay! Más le hubiera valido abundar en sus tebeos de superhombres fatuos y supermujeres descaradas… En lo más hondo de mi conocimiento sé que el pobre Giffen ha sido tragado por el Mal. Sin embargo este loco aún vive. Hace mucho que no le veo, Howard, así que no puedo asegurarte si su alma ha quedado pervertida para siempre o no, pero me temo lo peor. Rodionoff y Breccia encontraron un alma, un cuerpo, que ofrecer a las tinieblas, y de esa semilla terrible surgió el libro del que te hablo, antiguo amigo. Un precio demasiado caro. Te hubiera gustado verte de nuevo disfrazado de sarraceno de tus mil y una noches solitarias; o defendiendo tu tesoro de los niños patanes del pueblo. Pero poco más, me temo. Estos tres locos de los que te he hablado han traído de vuelta las pesadillas, y algunas de las imágenes pérfidas que se muestran en las hojas de este libro podrían traerte malos recuerdos y desestabilizar tu sosiego. No oso culpar a Giffen de nada; intuyo que su destino ha de ser tan amargo que solo pronunciar su nombre me hiela el alma. Tan solo te remito, amigo, a la obra. Es acogedora y alucinante a un tiempo. Y, aunque pueda hacerte recordar cosas que no quieras recordar, es una muestra más de aquello que tú ya sabías que pasaría, ¿no es cierto? No te dejan dormir. Sé que ha sido una corta misiva, sin comparación con lo acostumbrado, pero debo dejarte ya, Howard. Solo quiero decirte – como aquella vez en el faro, tú ya sabes – que es un extremado orgullo para mí que me consideres uno de tus pocos amigos. Porque ves colores que nadie ve y oyes susurros blasfemos entre las nubes negras del oriente. Porque has dejado huellas en el laberinto de cada cerebro humano. Porque no te rendiste nunca… Recuerda esto: Rodionoff, Breccia y Giffen han unido sus apellidos al tuyo, Lovecraft. Han regalado sus espíritus a la oscuridad. |
Posted by Avalón on 09 Abr 2005 | Tagged as: Reseñas
por Rodolfo Martínez James Morrow Norma editorial, ISBN: 84-8431-322-0 Lo primero que uno piensa al leer el texto de contraportada de esta novela es que estamos ante una parodia. Véanse si no las premisas: Dios ha muerto, y su cuerpo (de tres kilómetros de largo) flota en el Atlántico. Los ángeles se están muriendo por empatía hacia su creador, pero antes de fallecer vacían un iceberg para conservar el cuerpo de Dios dentro de él y hablan con el Papa para que el Vaticano contrate un barco que remolque el cadáver hasta el Polo Norte. Absurdo, ¿verdad? Y pese a todo, Morrow decide tomarse su descabellada premisa totalmente en serio y construir una novela que, tan pronto se decanta por el thriller más clásico (¿lograrán remolcar el cadáver de Dios antes de que todos aquellos que desean destruirlo lo encuentren? ¿por qué Dios se ha suicidado?) como navega por las peligrosas aguas de la narrativa metafísica. El autor tiene éxito en el primero de sus propósitos: la trama está bien construida, es narrada de forma ágil y en ella se encuadran una serie de personajes lo suficientemente bien construidos como para que sus enfrentamientos dialécticos y sus dudas morales nos resulten interesantes y nos hagan continuar la lectura. En cuanto al segundo es difícil de decir: esboza los suficientes temas para invitar a la reflexión, pero no ahonda demasiado en ellos. Esto no tiene por qué ser malo, siempre que acabada la lectura el autor haya sabido plantear las cosas de modo que uno no pueda evitar la reflexión sobre ellas. Desgraciadamente no es el caso y, una vez cerrado el libro, uno se queda con la impresión de que ha leído una de las cosas más descabelladas de los últimos años (y la sombra de Philip K. Dick planea varias veces por el texto) pero más allá de una extraña sensación de perplejidad no siente el menor deseo de explorar mentalmente lo que ha leído. Pese a todo no estamos ante una mala novela y Morrow nunca ahoga la narración con las reflexiones de sus personajes, sino que permiten que estas estén al servicio de lo que nos cuenta. La trama se va deslizando de un modo fluido y sin grandes alardes y uno va pasando páginas casi sin darse cuenta de que lo hace. Por si fuera poco, es capaz de conjurar imágenes verdaderamente absurdas y hasta cercanas al ridículo (esa extraña comunión que la tripulación del barco hace para no morirse de hambre, comiendo partes del cuerpo muerto de Dios y transformándolas, por obra y gracia de la habilidad del cocinero, en facsímiles indistinguibles de la más selecta “comida basura”; ese grupo de chalados que se dedican a recrear -casi en escala 1:1- las más importantes batallas de la Segunda Guerra Mundial; las feministas enfurecidas al descubrir que Dios es macho y dispuestas a destruir el cuerpo para que eso jamás se sepa; los ángeles perdiendo las plumas y volviéndose insustanciales ante los ojos atónitos del médico del Vaticano…) y hacer que resulten creíbles en el contexto de la novela, lo que no es poco. Estamos, pues, ante una novela entretenida y bien construida, que juega con algunos conceptos realmente inquietantes (y poco importa que uno sea creyente o ateo para el caso) y sabe salir con habilidad y sin grandes estridencias de un atolladero narrativo realmente curioso. Antes de acabar, un pequeño comentario sobre la traducción. Como no podía ser menos en una novela así, uno de los personajes es un sacerdote jesuita (y habría que preguntarse por la manía de los anglosajones de usar jesuitas cada vez que quieren hacer aparecer a un “cura progre” en sus novelas) y perteneciente, por tanto, a la Compañía de Jesús, que no “Sociedad de Jesús” como se empeña en decirnos una y otra vez la traductora. |
Posted by Avalón on 09 Abr 2005 | Tagged as: Reseñas
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Philip K. Dick La Factoría de Ideas, ISBN: 84-8421-979-8 En vida Dick no tuvo demasiada suerte, ni a nivel personal ni profesional. Sus relaciones sentimentales parecían una y otra vez abocadas al caos y sus libros se publicaban en ediciones baratas y nunca fueron un éxito de ventas. Eso no le impidió seguir escribiendo (quizá porque no podía, quizá porque escribir era para él la más adictiva de las drogas) e ir creando a frenéticos golpes de teclado una de las obras más personales de este siglo. Con el tiempo sus admiradores, si bien nunca fueron legión, sí formaron un núcleo fiel que le convertiría en un autor de culto; y a su lado se aglutinarían una serie de jóvenes autores de los que saldrían algunas de las más interesantes obras de los años ochenta: basta mencionar a Tim Powers, James P. Blaylock o K. W. Jeter, que crecieron a la sombra literaria del autor de Berkley y que heredarían algunas de sus preocupaciones narrativas. Si bien Powers es, por derecho propio, uno de los mejores diseñadores de tramas y uno de los escritores que mejor saben atar los cabos sueltos narrativos de forma natural y fluida, no cabe duda de que la combinación de ritmo de carrusel e introspección desenfrenada que hay en casi toda su obra es deudora en buena medida de la influencia de Dick. Con una ironía que es probable que él mismo hubiera encontrado adecuada, murió en su mejor momento, cuando empezaba a crear sus obras más maduras, donde mejor y más despiadadamente hablaba de sí mismo, y comenzaba a tener algo del éxito que se le había negado hasta entonces. Desde su muerte su fama ha ido creciendo al igual que su prestigio; quizá de una forma un tanto desmesurada en ocasiones, pero no cabe duda que la obra de Dick es una de las más personales de este siglo y que resulta difícil encontrar, no ya dentro de la ciencia ficción sino incluso en la literatura general, un escritor que haya sabido transmitir tan bien sus obsesiones personales y les haya dado forma literaria de un modo más enloquecido. En los últimos años Hollywood se ha fijado en Dick (ya empezó poco antes de su muerte con el Blade Runner de Ridiley Scott que adaptaba su novela ¿Sueñan los androides con ojeas eléctricas?) y algunas de las más emblemáticas películas del género en las dos últimas décadas están basadas en relatos suyos (o beben en su obra sin reconocerlo explícitamente, como es el caso del Terminator de James Cameron). Aunque hemos de admitir que el cine se ha quedado con lo menos característico de Dick: poco queda de ¿Sueñan los androides…? en Blade Runner, y salvo un par de secuencias que son puro Dick, apenas pervive rastro alguno de “Podemos recordarlo todo por usted” en Desafío total. Curiosamente, es posible que el cineasta que mejor ha sabido recrear el espíritu dickiano sea el español Alejandro Amenábar con Abre los ojos, película que si bien no está basada en ninguna novela del californiano sí capta perfectamente la esencia de lo que es su obra. Ubik es, en apariencia, una más de las muchas novelas que escribió durante los años sesenta, a un ritmo verdaderamente frenético y casi siempre repitiendo el mismo esquema narrativo cuando no aprovechando personajes, situaciones y gadgets de obras anteriores. En realidad, casi todos los críticos coinciden en que el verdadero Dick alza el vuelo a mediados de los setenta en una etapa mucho menos prolífica, pero también más reflexiva, más alejada de los clichés del género y también más inclasificable. El primer aviso sería Una mirada a la oscuridad, y la culminación de esa tendencia la trilogía (más temática que argumental) que se inicia con Sivainvi (posiblemente el testamento literario de Dick) y termina con La invasión divina y La transmigración de Timothy Archer. Pero ese Dick de la madurez difícilmente sería comprensible sin el escritor que durante más de una década emborronó miles de folios regalándonos obras no siempre a su propia altura pero casi nunca faltas de interés. Ubik posiblemente sea la más conseguida de esas novelas: en realidad una revisitación de Ojo en el cielo (obra anterior en más de doce años) pero con un Dick mucho más consciente de sus propias capacidades y dispuesto a llevar estas hasta su límite. Como gran parte de sus novelas de los años sesenta se apoya narrativamente en introducir un golpe de efecto inesperado cada cierto número de páginas, dándole la vuelta a la trama una y otra vez hasta llegar al giro final que deja al lector sin saber qué pensar sobre lo que acaba de leer. Dick utilizó abundantemente este esquema, en ocasiones con habilidad, en otras de forma chapucera e incoherente: Ubik se encuadra en el primer caso, siendo junto con Aguardando el año pasado quizá la más conseguida de sus novelas de esa época a nivel narrativo. Si nos paramos a pensarlo un poco, en el fondo es un juego vacío, un laberinto que uno recorre fascinado y desorientado la primera vez pero no las siguientes: en cuanto se conoce el mecanismo, encontrar la salida resulta casi trivial. Una cáscara literaria que puede resultar brillante, pero que acaba cansando si no hay nada más detrás de ella. Claro que en Dick hay más, siempre hay más. Lo mejor del Dick de su primera época no son sus tramas o sus esquemas argumentales, no es la anécdota, sino los pequeños detalles que salpican una y otra vez la historia de una forma enfermiza y sutil y de los que Ubik está lleno: los electrodomésticos discutiendo con su dueño porque ese se niega a introducirles una moneda para que funcionen, la casi imperceptible dislocación del tiempo que pasa antes de que uno pueda notarla, el mundo como algo incomprensible y a menudo hostil, sus personajes masculinos, carentes de propósito y de empuje y condenados desde la primera página de la novela, sus mujeres (unas veces arpías inclementes, otras un ancla de salvación, pero casi siempre más un símbolo que un verdadero personaje), sus diálogos en los que varios personajes hablan una y otra vez sobre lo mismo sin escucharse unos a otros, los retazos de pensamiento que cruzan la narración (casi siempre inadvertidos para el lector casual, pero que quedan ahí como un mensaje subliminal). Al final la sensación es opresiva y el lector, atrapado por la desesperación que rezuma cada página, no puede evitar el pensamiento de que no hay salida, de que el mundo entero es la artimaña de un titiritero cruel y todos estamos condenados. Pero esa es muchas veces la marca de fábrica de la buena literatura: casi nunca produce una sensación reconfortante. |